Dolor agudo en mi brazo izquierdo y en mi ceja derecha, dolor moderado en el pecho y piernas, estoy vivo. Mis ojos lentamente se ajustaban a la ahora muy ligera luz del anochecer, el olor a gasolina y otros químicos quemaba mi pecho con cada respiración mientras colgaba de cabeza en el asiento del conductor de mi coche ahora totalmente destruido. Finalmente mis ojos se re-ajustaron a la realidad y pude ver los trozos de cristal, metal, plástico y las bolsas de aire desinfladas que ahora decoraban la cabina de aquel pequeño Mini Cooper. Mis manos tercamente buscaban la hebilla del cinturón de seguridad mientras mi cabeza giraba bruscamente por el flujo de sangre que ahora se dirigía casi completamente en esa dirección. Mi mano derecha torpemente encontró la hebilla del cinturón y en el instante en el que la presioné, la gravedad tomó control de mí y me llevó al suelo con un estruendo ahogado.
Al momento de tocar el suelo, que ahora era el techo del pequeño automóvil, fui recibido por los pedazos de cristal y otros materiales que agudizaron el dolor que de por sí ya era tortuoso. Con el impacto, el aire escapó de mis pulmones y por unos instantes estuve sofocado. Tomé bocanadas violentas de aire hasta que finalmente los niveles de oxígeno se re-establecieron en mi cuerpo y aun así el dolor que recorría mi cuerpo me mantuvo algunos momentos más inmóvil. En cuanto el dolor fue tolerable, intenté ponerme en posición de gateo para salir de la cabina ¡MIERDAAA! Un disparo de dolor golpeó mi cuerpo al intentar poner peso sobre mi hombro izquierdo, haciéndome caer de cara al techo nuevamente. Al tocar el techo inmediatamente tomé el hombro con mi mano derecha y el dolor insoportable me hizo patear todo a mi alrededor de manera incontrolable. Las patadas continuaron por algunos minutos hasta que logré quedarme casi completamente quieto nuevamente.
Alrededor de 20 minutos habían pasado hasta que el dolor dejó de crear caos absoluto en mi cerebro y la ahora punzante herida me permitió pensar en escapar el vehículo nuevamente. En cuanto el dolor fue ligeramente tolerable, coloqué muy lentamente mi mano izquierda sobre el pecho y tomé la decisión de gatear hacia afuera. Mi mano derecha cuidadosamente esquivaba los restos de cristal y otros materiales que potencialmente podían significar nuevos daños. Salir me tomó algunos minutos, pues tenía que aguantar el constante embate del dolor. Al salir, me senté y recargué lentamente sobre el coche, liberando un suspiro que me ayudó a aguantar el dolor que había sido fuertemente avivado por el movimiento previo. Momentos después cuando el dolor fue tolerable nuevamente, decidí que tenía que inmovilizar el brazo o no llegaría muy lejos antes de sucumbir nuevamente al dolor.
Lentamente retire mi cinturón, mientras intentaba mover el hombro lo menos posible, mi mano izquierda aun apretando mi pecho. Logre pasar el cuerpo del cinturón por el tríceps de mi brazo izquierdo, hice un par de bucles alrededor de la mano que descansaba sobre mi pecho y posicioné la hebilla al otro lado de mi cuello cerca del hombro derecho. Cuando todo estuvo finalmente colocado en posición, tiré del cinturón y lo apreté lo más fuerte que pude sin lastimar el hombro. Una vez apretado, dejé descansar el peso del brazo sobre el cinturón, el amarre era lo suficientemente fuerte para evitar movimientos súbitos y el dolor seguía siendo manejable, quizá aguantaría lo suficiente para pedir ayuda. Mi mano derecha jaló la llanta trasera del pasajero ayudándome a levantarme. La escena en la pequeña pickup no era ni ligeramente mejor a la de mi coche, estaba volteada de lado, con el chasis enseñándose hacia mí, humo aun saliendo del motor y del cual una combinación de fluidos que viajaban hacia el suelo creaban pequeños ríos y manchas sobre el pavimento.
Decidí revisar la cabina para ver si alguien pudiese necesitar ayuda, aunque en mi estado sería muy difícil poder ofrecerla. Cojeé lentamente hacia el otro costado de la camioneta, en dónde una escena completamente horripilante me esperaba, una que no creería fuera real en un inicio y que me atormentaría hasta este día… El parabrisas estaba destrozado y… alguien había sido arrastrado hacia afuera, pedazos gruesos de piel colgaban de los picos del cristal y un camino de sangre se arrastraba desde la cabina a un lugar que no alcanzaba a visualizar en la luz casi inexistente del anochecer. Estaba tan sorprendido por semejante escena que caminé en blanco siguiendo aquel rastro rojo, quien sea que haya estado en aquel vehículo estaba muerto seguramente. Instantáneamente me atacó la culpa, ¿yo causé el accidente? Mierda ¿maté a alguien? Mierda, mierda, mierda, ¡¿que hago?!
El pensar que había matado a alguien, momentáneamente entumeció el dolor mientras ciegamente seguí el rastro de sangre por al menos 20 metros. Finalmente regresé a la realidad, el extraño rastro rojo terminaba detrás de un pequeño arbusto a un lado de la entrada al pequeño clúster de fábricas. H-H-Hola, ¿Hay alguien ahí? Tartamudeé intentando descifrar si los millones de pensamientos que había cruzado mi mente hace algunos instantes eran reales. El arbusto se movió violentamente como si hubiese un animal salvaje intentando escapar el ser depredado y después de algunos segundos se quedó completamente inmóvil. Di un par de pasos hacia atrás, inseguro de que hacer o de que esperar, jamás había estado en una situación remotamente similar a la que estaba pasando frente a mis ojos. El arbusto se sacudió violentamente en una segunda ocasión y en un instante alguien…algo se levantó de la parte trasera.
No podía creer lo que veían mis ojos, esto tiene que ser un sueño, una alucinación causada por mis heridas, una horrible pesadilla de la que tenía que despertar. Era una mujer, joven, quizá algunos años mayor que yo, su cráneo estaba abierto en el lado derecho, mierda, su ojo estaba casi completamente fuera de la cara, con una marca que parecía… como si algo…como si algo lo hubiese mordido, mierda, mierda, su pecho tenía un profundo hoyo que debió crearse al golpear algo durante el choque, mierda, mierda, MIERDA. Era imposible que siguiese viva, menos que aun pudiese caminar. Antes de que pudiera preguntar si estaba bien, meramente por ser cortés, pues no había puta forma de que estuviera bien, escuché el más escalofriante y espantoso gruñido salir de su boca, seguido por sangre que manchó el piso y su destruida vestimenta. Después de aquel horroroso sonido, corrió, no caminó ni cojeo, si no corrió a máxima velocidad hacia mí, tomándome por sorpresa. Desconcertado, la vi ganar velocidad y en un instante me tacleó al suelo, la adrenalina del momento se había apoderado totalmente de mí, como si me hubiesen dado el analgésico más potente conocido. En cuanto me tuvo atrapado contra el suelo, soltó una mordida dirigida a mi cara.

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